El laberinto del diálogo, Vladimiro Mujica

 200 Vladimiro MujicaPor Vladimiro Mujica, 17/04/2014

Después de 15 años de construcción deliberada de la polarización, el encuentro de la semana pasada en MIraflores podría ser visto ingenuamente como un paso en la dirección de la reunificación del país rojo con el país azul. Nada más alejado de la verdad. El encuentro era necesario para cada bando por distintas razones. Para el régimen porque el costo político nacional e internacional de la represión y las violaciones a los derechos humanos se le estaba haciendo insostenible; para la oposición porque es necesario aprovechar cualquier espacio para denunciar la situación venezolana sin que ello implique desactivar la protesta popular. Pero ese diálogo no va a conducir a la ansiada reconciliación por una razón muy simple: la oligarquía chavista entiende con claridad que la reconciliación significa la derrota última de la revolución porque su avance la obligaría en definitiva a retornar al cauce democrático, de respeto a las instituciones, de separación de poderes y de abandono de la hegemonía comunicacional, algo que no puede aceptar so pena de abjurar de toda la maquinaria de control social que ha intentado imponer durante esta interminable década y media. Dentro de la revolución todo, fuera de la revolución nada. Una posición irreductible abiertamente en contraposición con la Constitución Nacional y que fue reiterada, de mala o peor manera, en todas las intervenciones del procerato del régimen.

Para entrar con algunas precisiones, es indudable que la calidad argumentativa y discursiva de la representación de la MUD fue superior a la del chavismo. Sin embargo, es también necesario reconocer que el gobierno no salió tan mal parado como pudiera pensarse, por la simple razón de que Maduro y el resto de sus acompañantes solamente le estaban hablando a la mitad del país a la que se deben, especialmente a los sectores más radicales del chavismo, y a su audiencia internacional. De hecho, Maduro hizo un esfuerzo supremo en hablar como un estadista al final e invocar la bendición de Dios para todos. Un hecho más dirigido a los cancilleres visitantes y al representante de la Iglesia que a los venezolanos que están sufriendo la durísima represión de su gobierno. De hecho, habrá que acostumbrarse a estos espectáculos del sainete político y entender dos cosas: una, que el espacio de diálogo, debate o como se le quiera llamar no es una concesión graciosa del gobierno, sino el resultado de la presión política impuesta por la protesta popular; dos, que en verdad la reconciliación del país es imposible a menos que se derrote políticamente al chavismo, es decir, a menos que se construya una nueva mayoría cuyo avance sea imparable, inclusive recurriendo a la represión.

La construcción de la nueva mayoría pasa por muchas cosas y uno de los elementos esenciales es el discurso. La palabra juega un rol esencial en la política, probablemente mucho más que en ninguna otra actividad humana. Buena parte de lo que se denomina carisma está relacionado con la facilidad de construir un discurso que la gente comprenda. Aún habiendo vapuleado a los representantes del régimen en la cadena de la madrugada del viernes pasado, creo que la dirigencia opositora presentó una visión fragmentada de la Venezuela posible, sin integrarla en un todo que pueda intentar atraer al país rojo. Por supuesto que una parte de esto fue claramente por diseño, para dividirse los temas entre las distintas intervenciones, pero hay algo más.

En algún momento habrá que hacer un esfuerzo importante por incorporar a nuestro discurso el desmontar. argumento por argumento, la trama chavista. No basta con señalar que el modelo revolucionario es un desastre y que el país y su institucionalidad democrática están hechos añicos. A ello responden los miembros de la oligarquía chavista con incomparable cinismo que se trata de la contraposición de dos modelos y que el de ellos satisface a los pobres y a las grandes mayorías del país. Atacar esta estructura de pensamiento no es trivial y pasa por admitir que si bien la democracia que se instauró a la caída de Pérez Jiménez fue responsable de algunos de nuestros mayores aciertos como sociedad, es también cierto que nunca resolvió el problema de la exclusión social. Ello determinó el crecimiento de dos países que durante mucho tiempo pudieron co-existir, fundamentalmente porque un sistema funcional de partidos políticos permitía procesar la disparidad social. Cuando el sistema de partidos colapsó, se abrió la puerta para que un aventurero magistral, ayudado por quienes después serían devorados por la revolución, irrumpiera y se apoderara de una nación dispuesta a entregársele, harta de la corrupción y lanzada en manos de la anti-política por una habilidosa campaña comunicacional.

Es indispensable pues reconocer nuestra responsabilidad como sociedad en abrirle la puerta al gran aventurero para que tengamos la autoridad moral y política para decir que Chávez recibió la esperanza de una nación y la defraudó. Eso y que las fuerzas de la alternativa democrática están dispuestas a hacer suyas las promesas incumplidas de la revolución, que son las que crean la atadura efectiva de buena parte de nuestro pueblo con quienes en la práctica lo han traicionado. Sólo cuando la dirigencia opositora sea capaz de articular este discurso, de manera coherente y sin prisas, comenzaremos a hablarle con una sola voz al país rojo que se resiste a escucharnos.

 

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