Democracia con dificultades


Por Dominique Moisi, 18/01/2012

¿Será el tiempo democrático demasiado lento para reaccionar ante las crisis y demasiado corto para hacer planes a largo plazo?

En una época de crisis económica y social cada vez más profunda en muchas de las democracias ricas del mundo, esa pregunta resulta sumamente pertinente. En Italia, por ejemplo, el Primer Ministro, Mario Monti, tiene la necesaria y legítima ambición de llevar a cabo una reforma completa. Es a un tiempo competente y honrado, pero afronta un impedimento casi estructural: mientras que en tiempos los dirigentes tenían tres años para convencer a los votantes de los beneficios de sus políticas, ahora disponen de tres horas para convencer a los mercados financieros de que respalden su criterio.

Atrapado entre los legisladores italianos, que, en lo más profundo de su ser, no entienden ese cambio, y los mercados, que buscan certidumbres casi inmediatas, ¿podrá Monti transcender su prudencia natural y actuar con la suficiente claridad y determinación?

También en los Estados Unidos, el sistema político se está volviendo cada vez más disfuncional. El filósofo político Francis Fukuyama llega hasta el extremo de decir que la “vetocracia” podría triunfar sobre la democracia, independientemente de quién gane las elecciones presidenciales de 2012. En la actualidad, la separación de poderes, principio establecido por los fundadores de los EE.UU. bajo la influencia de filósofos como Montesquieu, está conduciendo casi a la parálisis.

Las democracias padecen las consecuencias no sólo de la lentitud con la que reaccionan en los momentos de crisis, sino también de la dificultad que afrontan al proyectarse en el futuro y planificar a largo plazo. A ambos lados del Atlántico, los dirigentes políticos saben lo que deben hacer para sus países, pero no cómo ser reelegidos, si lo ponen en práctica. Parecen estructuralmente condenados al cortoplacismo.

Pero no es porque las democracias tengan un “problema de tiempo” por lo que algunos piensan que su hora ha pasado. China está orgullosa –y con razón– de poder proyectarse en el siglo XXII, pero debe esa cualidad de pensamiento a largo plazo mucho más a su cultura que a la naturaleza de su sistema político. Los chinos piensan a largo plazo porque son chinos, no porque no sean demócratas.

Naturalmente, los dirigentes chinos pueden reaccionar ante los acontecimientos sin preocuparse demasiado de la opinión pública china. Al fin y al cabo, la gran mayoría de los chinos no sueñan con la democracia, aun cuando esté surgiendo algo así como una sociedad civil y creando nuevos intereses y demandas que ya no se pueden controlar ni manipular totalmente, como en el pasado.

Pero ésa es precisamente la debilidad de los regímenes no democráticos en una época mundial dominada por la transparencia: ¿quién sueña con llegar a ser un ciudadano chino o incluso un ciudadano de Singapur? A raíz de la sucesión hereditaria de Corea del Norte, los pensadores estratégicos subrayan y con razón el papel decisivo de China en la forja del futuro de esa península, pero, pese a las escenas de histeria que siguieron a la muerte del “Gran Dirigente” Kim Jong-il, la mayoría de los norcoreanos probablemente sueñen con unirse a la democrática Corea del Sur (aun cuando muchos surcoreanos teman esa perspectiva).

Puede que la mayoría de los chinos no quieran ser gobernados como occidentales, pero sería un error dar por sentado que su única ambición es la de gastar como occidentales. Cuanto más éxito tengan, más individualistas se volverán y más aspirarán a que quienes los gobiernen los respeten y los tengan en cuenta.

En cambio, si se aminora el crecimiento económico de China, cosa probable en los próximos años, las protestas contra la corrupción, causa de fragilidad para cualquier régimen, aumentarán. De hecho, es importante tener presente que, antes de la próxima transición en la dirección de China, sólo se ha elegido a quiénes ocuparán los dos máximos cargos y, además, mediante un proceso de unción gradual por unas cien personas, como máximo.

La crisis actual de los países avanzados, que muy bien podría propiciar una recesión mundial (si no está haciéndolo ya), no sólo revela las numerosas enfermedades de los regímenes democráticos, sino que, además, hace de incubador y acelerador de ellas, y, sin embargo, la crisis puede llegar a tener unas repercusiones aún mayores en los sistemas no democráticos que parecen más eficientes, pero, en realidad, son mucho más frágiles. Lo vemos en el malestar en aumento tanto en Rusia como en China.

Al contrario de lo que se podría pensar, la democracia es más resistente que las otras opciones a largo plazo. Así seguirá siendo mientras los demócratas sigan convencidos de ello. Los modelos no democráticos no pueden ser una amenaza de verdad para la democracia. Sólo el mal comportamiento de los demócratas puede serlo.

Tomado de:
http://prodavinci.com/2012/01/18/actualidad/democracia-con-dificultades-por-dominique-moisi/

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