Sobrevivió para condenar el horror


Por Edgar López, 13/11/2011

Lisandro Raúl Cubas fue uno de los argentinos que padeció la dictadura militar que gobernó ese país entre 1976 y 1983. Su testimonio fue una de las pruebas que permitió la condena a cadena perpetua de doce represores hace dos semanas. Exiliado en Venezuela desde 1979, fue uno de los fundadores de Provea, ONG pionera en la defensa de los derechos humanos.

Muchos han sido los días cruciales en la vida de Lisandro Raúl Cubas, pero 2 de ellos marcaron su rumbo. El 20 de octubre de 1976 tragó una pastilla de cianuro para suicidarse y evitar su secuestro por parte de agentes de la dictadura militar que gobernaba entonces Argentina.

La píldora no le causó la muerte porque estaba vencida y él terminó recluido en el centro clandestino de detención que funcionaba en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), en Buenos Aires, donde fue torturado y obligado a trabajar como esclavo. En el lugar, un ícono de la tenebrosa era del régimen que imperó hasta 1983, se calcula que hubo más de 4.500 prisioneros.

El otro día decisivo para Cubas fue el 20 de enero de 1979, cuando recuperó su libertad, vio por primera vez el Ávila y se contagió con la algarabía en las calles de Caracas por el triunfo de los Navegantes del Magallanes en la Serie del Caribe. Apenas horas antes estaba sumido en el horror y lo emocionaba la acogida que recibía en una ciudad que esa noche estaba de fiesta e iluminada con fuegos artificiales.

A los 20 años de edad, Cubas se incorporó a Montoneros, el movimiento radical de izquierda argentina que creía en la lucha armada para instaurar el socialismo como una fase superior del peronismo. En Venezuela, le dio un giro metodológico a su activismo político: se convirtió en pionero del movimiento de derechos humanos al fundar, hace 23 años, la organización no gubernamental Provea.

Sin embargo, nunca le dio la espalda a la necesidad de hacer justicia en su país de origen. Fue testigo y querellante de un juicio que, el 26 de octubre, concluyó con la condena a cadena perpetua de 12 represores de la ESMA. Desde Venezuela, en su casa de San Antonio de Los Altos, Miranda, Cubas celebró el fallo: “Es el primer juicio contra ellos y la sentencia tiene una trascendencia enorme, en la medida en que surte un efecto reparador en las víctimas.

Falta mucho por hacer y el próximo año volveremos a Argentina para atestiguar contra otros 70 represores”. Habla con tranquilidad. Toma sorbos de mate y todo indica que el tiempo no le ha hecho acumular rabia sino serenidad.

El proceso duró dos años y en él “quedó evidenciado el horror”. Las palabras son de Daniel Obligado, juez de la causa.Cubas rindió declaración el 30 de julio de 2010. A modo de prueba, mostró los grilletes que, 34 años atrás, habían estado en los pies de otra detenida: Alicia Milia de Pirles. La mujer se los dio en el aeropuerto de Ezeiza, justo el día cuando ella abandonaba Argentina para exiliarse en Europa y él en Venezuela.

Las condenas más celebradas por la multitud que se congregó frente al tribunal para escuchar el fallo fueron las de Alfredo Astiz y Jorge Acosta. “El ángel de la muerte” era el alias de Astiz, capitán de fragata que se infiltró en las organizaciones de derechos humanos como espía e intervino directamente en el secuestro, tortura y desaparición de las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet, y de la adolescente de origen sueco Dagmar Hagelin. Acosta, conocido como “el Tigre”, fue jefe del Grupo de Tareas 3.3.2 de la ESMA que ejecutaba la represión. Entre otros crímenes, se les condenó por el asesinato de Azucena Villaflor de De Vincenti, Esther Ballestrino de Careaga y María Ponce de Bianco, tres de las madres de Plaza de Mayo.

Cubas ya ha aportado su testimonios para otros procesos, como el que concluyó en noviembre de 1985 con la cadena perpetua para el general Jorge Rafael Videla, el almirante Emilio Massera y el brigadier Orlando Agosti, los tres miembros de la Junta Militar que encabezó el golpe de Estado el 24 de marzo de 1976. Sus declaraciones también sirvieron para que el juez Baltasar Garzón solicitara la extradición de 45 militares y un civil por la desaparición de ciudadanos españoles. En Venezuela, su labor tampoco cesa. El activista, de 59 años de edad, trabajaba esta semana en un frente al que no le da menos importancia: concluir el informe de Provea que, año tras año, retrata la situación de los derechos humanos en el país.

El tormento de la capucha. “Eran las 8:00 am, cuando me dirigía a tomar el colectivo de la línea 49, en la avenida San Martín, provincia de Buenos Aires. De cinco carros bajaron más de diez hombres, uno de los cuales me puso su pistola en la frente y me obligó a tirarme al suelo. Lo mismo hacían con otras dos personas, un hombre y una mujer que caminaban por la zona. Cuando estábamos los tres tirados en el suelo, aproveché un momento de distracción de mis secuestradores e introduje una pastilla de cianuro en mi boca para suicidarme.

Una práctica que habíamos aprendido de la resistencia francesa contra el nazismo.

“Inmediatamente, procedieron a pegarme patadas en el estómago y en la cabeza, después me esposaron las manos detrás de la espalda y me pusieron una capucha de tela gris. El cianuro comenzó a hacer su efecto, produciéndome asfixia. Momentos antes de perder el conocimiento, que para mí era la muerte, me introdujeron en el baúl de un carro. En pocos segundos repasé los momentos más felices de mi vida: cuando era un niño y jugaba fútbol en Bariloche, la compañía de mi madre el primer día que fui a la escuela, mi novia de la adolescencia y la noticia que me había dado mi compañera la tarde anterior: iba a tener un hijo. Pensé en mis compañeros de Montoneros y le agradecí a Dios haberme dado el valor de suicidarme y no sufrir las torturas que los militares aplicaban a sus víctimas.

Cuál sería mi sorpresa cuando vuelvo en mí, acostado sobre cuerpos de personas que estaban muertas.

“Mi primera intención fue no respirar, para que no se dieran cuenta de que estaba vivo.

No sé cuánto tiempo pasé en esa situación. En un momento escuché una voz que dijo: `Ese hijo de puta está vivo’. Pidieron un vomitivo y antes de administrármelo me cayeron a golpes; intentaron darme el vomitivo, pero lo escupí reiteradas veces. Debido a mi resistencia, utilizaron éter para dormirme. Cuando me desperté estaba atado a una cama de metal, con grilletes en los pies, las manos esposadas a los barrotes de la cama, con una capucha atada al cuello que apenas me dejaba respirar y una sonda de suero en las venas del brazo. Calculo que estuve así hasta el día 22, pues el 23 empezaron a interrogarme y quienes lo hacían me decían que si daba información me dejarían libre `como regalo de cumpleaños’. En efecto, ese día cumplía 24 años”.

Cubas fue uno de los primeros sobrevivientes en dar testimonio público y en primera persona sobre los campos de concentración de Argentina.

Para leer mas
Sobrevivio para condenar…

Publicado por:
http://www.el-nacional.com/noticia/9536/23/Sobrevivio-para-condenar-el-horror.html

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